martes, febrero 12, 2013

Jonas Hans - La Religion Gnóstica



Se ha discutido mucho acerca de en qué consistió y quién constituyó el llamado «gnosticismo», religión o conjunto de religiones que ha sido interpretado a veces como una mera helenización aguda del cristianismo o como categoría arbitraria mediante la que la heresiología patrística redujo a la unidad todas las desviaciones doctrinales basadas en una misma impugnación: la de la idea de que Dios hubiera podido ser el creador de un mundo ignorante e imperfecto.

En ese contexto de los debates sobre la naturaleza del gnosticismo, la figura de Hans Jonas (1903-1993) debe ser destacada. Es a él a quién le corresponde la principal defensa de una unidad subyacente de todos los sincretismos helenístico-orientalizantes que recorren los primeros siglos de nuestra era, e incluso antes, una «esencia gnóstica», una unidad o principio inteligible que trasciende la diversidad de sus expresiones sectarias: valentinianos, ofitas, barbelognósticos, priscilianistas, cuquenos, audianos, bardesianitas, marcionitas..., además de corrientes afines, como el maniqueísmo o el mandeísmo. También hay una apuesta de Jonas por determinar una fuente común en el gnosticismo, un origen que se remontaría a la orientalización del helenismo o, si se prefiere, a la helenización de cierto pensamiento oriental, fruto de la profunda huella dejada en Asia por Alejandro Magno y gran paso adelante por el camino de la abstracción conceptual y el universalismo, un primer cosmopolitismo en el campo de las discusiones racionales en torno a la relación entre lo humano y las leyes que rigen el universo.

Es a partir de ese mestizaje entre el racionalismo helenístico y las cosmologías escatológicas iranias y minoasiáticas, que vemos surgir un conjunto de tendencias que comparten el dualismo anticósmico, la ansiedad salvacionista y una radicalización del concepto de Dios como realidad trascendente e incognoscible, salvo por un principio presente en el ser humano –el pneuma– a través del cual éste puede aspirar a un cierto conocimiento o gnosis de lo divino. Durante mucho tiempo las únicas fuentes disponibles sobre el gnosticismo fueron las diatribas en contra de Ireneo, Clemente, Tertuliano, Orígenes, Epifanio, incluso de neoplatónicos paganos como Plotino... A estos materiales –todavía el único acceso a especulaciones gnósticas como las de Simón Mago– Hans Jones le suma otros nuevos, desconocidos o desconsiderados hasta hace poco: los códices coptos encontrados desde 1930 en Egipto, sobre todo el tesoro de Nag Hammadi; los textos escritos en turco, persa o chino desenterrados en el Turquestán, entre ellos los fundamentalesFragmentos de Turfan; el Poimandrés –el corpus de textos griegos de Hermes Trismegisto–, así como otros ejemplos de literatura mágica y alquímica; documentos relativos a religiones mistéricas romanas como el mitraísmo o el culto a Atis; algunos de los Apócrifos, como los Hechos de Tomás –en especial el «Himno de la Perla»– o las Odas de Salomón; la aportación filoherética de un paleocristiano como Marción; etc.

La religión gnóstica responde a la voluntad de Hans Jonas por acercar a un público culto una larga labor de investigación erudita, iniciada en los años treinta en Alemania, de la mano de Rudolf Bultmann, y continuada luego en Estados Unidos. El grueso de la obra recorre el universo mítico, poético y teológico del gnosticismo: una Sabiduría –Sofía– enloquecida, vagando por la oscuridad que ella misma ha generado; el Demiurgo impostor que, creyéndose y siendo creído como Dios, impone su despotismo sobre el mundo inferior; el Alma, incapaz de escapar de su prisión mundana, sometida a la férrea vigilancia de los arcontes: Iaó, Sabaot, Adonai, Elohim, El-shaddai; un Salvador salvado; un Ser Supremo que se oculta en su propio Pleroma o Totalidad... Una inmensa aventura que no es otra que la de la luz intentando emerger en un universo sombrío.

A pesar de lo dicho hasta aquí, sería un error tomar este libro como una simple aproximación erudita al gnosticismo. Eso implicaría no reconocer quién es Hans Jonas: además de un reputado orientalista, uno de los discípulos más interesantes de Heiddeger –su otro maestro, junto a Bultmann–, un dato que, por cierto, no se menciona en absoluto en la presente edición de Siruela. Es partiendo de una formación intelectual compartida que Jonas y su amiga Hannah Arendt formulan una teoría de base weberiana sobre la responsabilidad en la sociedad contemporánea.

Esta advertencia sobre las preocupaciones de Hans Jonas acerca de las implicaciones éticas de la acción humana –en especial en campos como la ciencia y la tecnología– resulta indispensable para valorar el epílogo de La religión gnóstica, consagrado a mostrar las conexiones entre el rechazo gnóstico del cosmos y dos críticas contemporáneas de la realidad con las que el autor tuvo una íntima relación: la nihilista y la existencialista. En este último sentido, este libro es también una contribución a mostrar el gnosticismo no como un curioso testimonio de la Antigüedad, sino como el arranque de una denuncia muchas veces subterránea, persistente ya desde hace más de dos mil años en Occidente, contra la irrevocable malignidad de lo sensible.

Lo que caracterizó el espíritu del movimiento gnóstico fue una conciencia radical de extrañamiento, una sensación de hallarse en la Tierra fuera de lugar; algo que tiene mucho en común con la idea central del existencialismo, por la cual el hombre se halla arrojado a un mundo que le es indiferente. En realidad, la creencia básica de los gnósticos es más siniestra. No es que el mundo sea indiferente al ser humano, sino que le es hostil. A partir del siglo I a. C. se extiende en el ámbito cultural helenístico un clima espiritual radicalmente opuesto a la tradicional confianza griega en el orden del cosmos. Introduciendo elementos de las religiones orientales y mezclándolos, quizá, con cierto substrato platónico, se afianza el convencimiento de vivir en un mundo creado por un Dios perverso, que busca nuestra perdición. Éste sería el Dios creador del que habla el relato del Génesis: una divinidad menor, tiránica, que esclaviza a la humanidad con un cúmulo de normas estrictas y sin sentido.


Frente a este Dios perverso, que nos encierra en la materia (o, mejor, sobre él), se encuentra el verdadero Dios: el "Dios Extraño", al cual no podemos conocer. De Él emanan, en una complicada sucesión de hipóstasis, infinidad de Dioses menores, de entre los cuales el Creador de la Tierra es el último. Así, la distancia que nos separa del verdadero Dios es casi infinita, y está guardada por celosos arcontes que obstaculizan el paso. Sólo el creyente puede adquirir el conocimiento (la gnosis) necesario para andar este camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario