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lunes, enero 06, 2014

Walter Otto - TEOFANÍA (El espíritu de la antigua religión griega)


En este breve y contundente texto el destacado filólogo alemán Walter F. Otto hace un rescate de la religión griega, vista no como consecuencia de una "ilusión primitiva" o de la irracionalidad del hombre, no como resultado del terror o la fascinación ante el mysterium del mundo, mucho menos como producto del "inconsciente colectivo", sino más bien como auténtica revelación de lo Divino.

Para los antiguos griegos el mundo sólo puede entenderse como teofanía, es decir, como una manifestación constante y absoluta de los dioses en todos los aspectos de la vida: en ello radica el espíritu de la religión griega. Los poemas de Homero son el mejor ejemplo de que detrás de todo acto, de todo fenómeno y, en suma, de toda forma hay siempre un dios, una potencia que hace que todo sea como es. Los dioses griegos no son, pues, personificaciones de los fenómenos de la naturaleza, ni de un ideal de perfección humana, sino que son "lo Divino con rostro humano". Lo Divino, entendido como principio generador del mundo, decide cobrar forma en los dioses y, a través de éstos, se revela en el mundo. El actuar de los dioses se narra, a su vez, en el mito, el cual cobra vida una y otra vez a través del rito. Y sólo gracias a la articulación de ambos, a la constante repetición ritual de los gestos míticos, pueden los hombres ascender hacia los dioses y hacer que éstos desciendan hacia ellos, como ocurría en el inigualable universo griego.

"Los dioses muestran a quien les mire la cara la riqueza infinita del Ser", nos dice Otto. Y es que esta apertura del hombre hacia lo Divino –su disposición a mirar el rostro de los dioses y escuchar su voz– es lo que verdaderamente importa recuperar de la religión griega, en una modernidad que ha cerrado los ojos ante el Cosmos y que sólo se escucha a sí misma.
En la potencia espiritual del paganismo heleno la civilización occidental puede ver claramente la esencia de aquél mundo griego al que tanto tributo todavía rendimos.



sábado, octubre 12, 2013

En los oscuros lugares del saber - Peter Kingsley


El origen de los primeros filósofos no se halla en el pensamiento sino en la experiencia de otros estados de conciencia... La dificultad en vincular filosofía con sanación reside en la capa de silencio que se echó encima...

Este es un libro que reivindica una tradición espiritual occidental, un libro ha de reconciliarnos con la filosofía; en el que se cuenta por ejemplo que los presocráticos, como Parménides ya practicaban las terapias regresivas, aplicando, además, métodos muy similares a los que estamos utilizando ahora los que nos dedicamos a estos menesteres.

Los pacientes hacían ejercicios de respiración, los sanadores o iatromantis les invitaban a recitar mantras, repetir determinadas palabras o cantar. Les hacían practicar el método de la incubación, que consistía en permanecer durante varias horas en un lugar cerrado o en una caverna para tener la oportunidad de descender a su propio infierno, a sus profundidades.

El autor lamenta que sean tan escasos los testimonios de tales prácticas, las cuales, en su mayoría, quedaron relegadas y condenadas al olvido. Por tanto, es de agradecer que un doctor en filosofía las haya desenterrado y les haya prestado luz y taquígrafos.


Síntesis de algunas ideas del libro:

1.- Cuantas más cosas encontramos en Oriente o en otro lugar, más nos fragmentamos en nuestro interior, más vagabundos somos en nuestra propia tierra. Nos convertimos en nómadas, en individuos errantes. Las soluciones que hallamos no son respuestas fundamentales y sólo crean más problemas. Y buscamos hacia Oriente porque en Occidente lo que se describe como percepción mística se ha relegado a la periferia. No se nos ha dicho que en las mismas raíces de la civilización occidental existe una tradición espiritual.


2.- Todo lo que necesitamos está dentro de nosotros, esperando a que alguien lo saque de allí; el precio a pagar es la voluntad de transformarnos.


3.- A todos nos preocupa la extinción de las especies pero nadie se da cuenta de la extinción del conocimiento de lo que somos. Sólo entraremos en el futuro cuando nos enfrentemos al pasado y nos convirtamos en lo que somos.

4.- Cuando los dioses hablaban a través de los oráculos, a los hombres les costaba entenderlos, en esa dificultad reside la diferencia entre lo humano y lo divino. El error consiste en deducir un significado físico en lugar de mítico.

5.- Atlas (un gigante mitológico) tenía los pies en el mundo inferior, sosteniendo los cielos con la cabeza y las manos. Antes de poder ascender, hay que bajar, morir antes de renacer. (Es curioso, en unas terapias recientes de Alquimia Genética, varios pacientes me han contado se veían a sí mismos como seres gigantescos con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo. Lo cual parece significar que la persona está anclada en su realidad material, toca de pies al suelo pero al mismo tiempo conecta con su parte divina).

6.- Los que los griegos denominaban el kouros es el héroe, el hombre de cualquier edad que todavía ve la vida como un desafío, que se enfrenta a ella con vigor y pasión; que está en la frontera entre lo humano y lo divino y tiene acceso a ambos, es atemporal. Sabe distanciarse de los pensamientos humanos habituales, no interfiere en lo que oye o recibe. (Lo mismo se le pedía a Superman, el super hombre, que tenía prohibido interferir en las emociones humanas). Hay que estar con un kouros para tener acceso al mundo de los dioses.

7.- Cuando el héroe entra en contacto con lo divino, vuelve a nacer, se transforma en un niño. (En efecto, en las terapias, es muy frecuente que un paciente se vea a si mismo como un niño después de haber conectado con su Yo Superior o con su Yo crístico, lo cual indica que nace a una nueva realidad en la que recobrará su inocencia, su capacidad de asombro, su espontaneidad, su pureza etc..)

8.- El dios más importante de todos para un kouros humano era Apolo. La contrapartida femenina del kouros es kourai, las mujeres inmortales.

9.- La curación en Grecia, tenía que ver con estados de muerte aparente. (Se trata de la disolución egóica, de la muerte del ego personal).

10.- Cuando estaban enfermos en la antigua Grecia, iban a los santuarios de los héroes a acostarse en un recinto cerrado o caverna. (Ahora, en cuanto alcanzan el estado theta -de 3 a 7 ciclos por segundo- los pacientes relatan a menudo su descenso a una gruta, caverna o recinto subterráneo o subacuático en el que se encuentran con animales o entidades que simbolizan su parte más oscura. En estos casos, el descenso al averno es psíquico, no físico, lo cual resulta más cómodo pero el proceso es el mismo que el que practicaban en Grecia).

11.- La técnica consistente en introducirse en una caverna se llamaba incubación. Como ya no comprendemos a los poderes que nos superan, se nos niega el significado de nuestro sufrimiento.

12.- Asclepio -padre de Apolo- es el dios griego más famoso relacionado con la incubación. Cuando el Cristo quería recibir revelaciones en sueños, invocaba a Apolo. Los héroes eran considerados en general como hijos de Apolo, que también era el dios de los oráculos y la profecía.


13.- La experiencia del otro mundo a través de la incubación tiene poco valor en cuanto depositas toda tu confianza en el aparente poder de la razón.

14.- No puede haber sanación auténtica sin la capacidad de hacer frente a la muerte misma. (Se refiere a la muerte del ego).


15. La información que se saca de otras dimensiones no debe comentarse, hay que guardar silencio. (Siempre recomiendo a los pacientes que no comenten con otras personas el resultado de sus terapias porque hacerlo equivale a violar sus propios secretos y, además, pueden generar críticas, envidias o incomprensión en quienes no han vivido estas mismas experiencias).

16.- En la Grecia antigua, había expertos en incubación, a veces las personas recurrían a ellos para curarse y otras para recibir conocimiento directo de los dioses.

jueves, julio 11, 2013

Joscelyn Godwin - El Mito Polar



«El mito polar» es el primer libro que afronta el tema mítico del origen polar de la humanidad, con una impresionante aportación de fuentes de primera mano; y lo hace combinando con maestría, y sin prejuicios, «alta» y «baja» cultura. Desde la Edad de Oro grecolatina y el legendario centro místico asiático de Agarta hasta la hipótesis de los hiperbóreos del norte y las teorías que cristalizaron en la vindicación nazi del origen ario de la humanidad, Joscelyn Godwin muestra un amplio panorama de variantes míticas mantenidas tanto por científicos serios como por teorías pseudocientíficas, tanto por místicos o metafísicos verdaderos, como Corbin o Guénon, como por fantasiosos ocultistas, escritores de novelas «pulp» o visionarios lunáticos. Los niveles de interpretación son bien diferentes, pero la fuerza del mito permanece incólume. Y esto es lo fascinante su camino recorrido a través de los pasadizos más subterráneos de nuestra civilización. 

El mito polar, de Joscelyn Godwin, casi con toda seguridad el primer libro que explora seriamente y con rigor la influencia atávica que, desde los orígenes de la humanidad, han ejercido los polos en la formación del incosciente colectivo y la configuración de multitud de mitologías.


Una de las cosas que hace especialmente interesante el libro de Godwin es su amplitud de enfoque. No estamos ante un libro dirigido a la comunidad científica, ni un libro de carácter esotérico o mistérico, tampoco ante un manual de ocultismo sobre la cuestión de los polos, no. Se trata de un libro con una intención claramente divulgativa e iluminadora. En un terreno tan oscuro y conformado por archipiélagos de información dispersada, Godwin hace un esfuerzo compilador por ofrecer al lector lo que podríamos calificar como una magistral guía introductoria.

«El mito polar" explora un intrincado tejido de mitos, nociones científicas y creencias religiosas en torno a los polos. A pesar de las connotaciones fantásticas y ocultistas del tema, el profesor Godwin nos ofrece una obra maestra de claridad y síntesis.» Nicholas Goodrick-Clarke (autor de «The Occult Roots of Nazism»)


martes, febrero 12, 2013

Hans Jonas - La Religion Gnóstica



Se ha discutido mucho acerca de en qué consistió y quién constituyó el llamado «gnosticismo», religión o conjunto de religiones que ha sido interpretado a veces como una mera helenización aguda del cristianismo o como categoría arbitraria mediante la que la heresiología patrística redujo a la unidad todas las desviaciones doctrinales basadas en una misma impugnación: la de la idea de que Dios hubiera podido ser el creador de un mundo ignorante e imperfecto.

En ese contexto de los debates sobre la naturaleza del gnosticismo, la figura de Hans Jonas (1903-1993) debe ser destacada. Es a él a quién le corresponde la principal defensa de una unidad subyacente de todos los sincretismos helenístico-orientalizantes que recorren los primeros siglos de nuestra era, e incluso antes, una «esencia gnóstica», una unidad o principio inteligible que trasciende la diversidad de sus expresiones sectarias: valentinianos, ofitas, barbelognósticos, priscilianistas, cuquenos, audianos, bardesianitas, marcionitas..., además de corrientes afines, como el maniqueísmo o el mandeísmo. También hay una apuesta de Jonas por determinar una fuente común en el gnosticismo, un origen que se remontaría a la orientalización del helenismo o, si se prefiere, a la helenización de cierto pensamiento oriental, fruto de la profunda huella dejada en Asia por Alejandro Magno y gran paso adelante por el camino de la abstracción conceptual y el universalismo, un primer cosmopolitismo en el campo de las discusiones racionales en torno a la relación entre lo humano y las leyes que rigen el universo.

Es a partir de ese mestizaje entre el racionalismo helenístico y las cosmologías escatológicas iranias y minoasiáticas, que vemos surgir un conjunto de tendencias que comparten el dualismo anticósmico, la ansiedad salvacionista y una radicalización del concepto de Dios como realidad trascendente e incognoscible, salvo por un principio presente en el ser humano –el pneuma– a través del cual éste puede aspirar a un cierto conocimiento o gnosis de lo divino. Durante mucho tiempo las únicas fuentes disponibles sobre el gnosticismo fueron las diatribas en contra de Ireneo, Clemente, Tertuliano, Orígenes, Epifanio, incluso de neoplatónicos paganos como Plotino... A estos materiales –todavía el único acceso a especulaciones gnósticas como las de Simón Mago– Hans Jones le suma otros nuevos, desconocidos o desconsiderados hasta hace poco: los códices coptos encontrados desde 1930 en Egipto, sobre todo el tesoro de Nag Hammadi; los textos escritos en turco, persa o chino desenterrados en el Turquestán, entre ellos los fundamentalesFragmentos de Turfan; el Poimandrés –el corpus de textos griegos de Hermes Trismegisto–, así como otros ejemplos de literatura mágica y alquímica; documentos relativos a religiones mistéricas romanas como el mitraísmo o el culto a Atis; algunos de los Apócrifos, como los Hechos de Tomás –en especial el «Himno de la Perla»– o las Odas de Salomón; la aportación filoherética de un paleocristiano como Marción; etc.

La religión gnóstica responde a la voluntad de Hans Jonas por acercar a un público culto una larga labor de investigación erudita, iniciada en los años treinta en Alemania, de la mano de Rudolf Bultmann, y continuada luego en Estados Unidos. El grueso de la obra recorre el universo mítico, poético y teológico del gnosticismo: una Sabiduría –Sofía– enloquecida, vagando por la oscuridad que ella misma ha generado; el Demiurgo impostor que, creyéndose y siendo creído como Dios, impone su despotismo sobre el mundo inferior; el Alma, incapaz de escapar de su prisión mundana, sometida a la férrea vigilancia de los arcontes: Iaó, Sabaot, Adonai, Elohim, El-shaddai; un Salvador salvado; un Ser Supremo que se oculta en su propio Pleroma o Totalidad... Una inmensa aventura que no es otra que la de la luz intentando emerger en un universo sombrío.

A pesar de lo dicho hasta aquí, sería un error tomar este libro como una simple aproximación erudita al gnosticismo. Eso implicaría no reconocer quién es Hans Jonas: además de un reputado orientalista, uno de los discípulos más interesantes de Heiddeger –su otro maestro, junto a Bultmann–, un dato que, por cierto, no se menciona en absoluto en la presente edición de Siruela. Es partiendo de una formación intelectual compartida que Jonas y su amiga Hannah Arendt formulan una teoría de base weberiana sobre la responsabilidad en la sociedad contemporánea.

Esta advertencia sobre las preocupaciones de Hans Jonas acerca de las implicaciones éticas de la acción humana –en especial en campos como la ciencia y la tecnología– resulta indispensable para valorar el epílogo de La religión gnóstica, consagrado a mostrar las conexiones entre el rechazo gnóstico del cosmos y dos críticas contemporáneas de la realidad con las que el autor tuvo una íntima relación: la nihilista y la existencialista. En este último sentido, este libro es también una contribución a mostrar el gnosticismo no como un curioso testimonio de la Antigüedad, sino como el arranque de una denuncia muchas veces subterránea, persistente ya desde hace más de dos mil años en Occidente, contra la irrevocable malignidad de lo sensible.

Lo que caracterizó el espíritu del movimiento gnóstico fue una conciencia radical de extrañamiento, una sensación de hallarse en la Tierra fuera de lugar; algo que tiene mucho en común con la idea central del existencialismo, por la cual el hombre se halla arrojado a un mundo que le es indiferente. En realidad, la creencia básica de los gnósticos es más siniestra. No es que el mundo sea indiferente al ser humano, sino que le es hostil. A partir del siglo I a. C. se extiende en el ámbito cultural helenístico un clima espiritual radicalmente opuesto a la tradicional confianza griega en el orden del cosmos. Introduciendo elementos de las religiones orientales y mezclándolos, quizá, con cierto substrato platónico, se afianza el convencimiento de vivir en un mundo creado por un Dios perverso, que busca nuestra perdición. Éste sería el Dios creador del que habla el relato del Génesis: una divinidad menor, tiránica, que esclaviza a la humanidad con un cúmulo de normas estrictas y sin sentido.


Frente a este Dios perverso, que nos encierra en la materia (o, mejor, sobre él), se encuentra el verdadero Dios: el "Dios Extraño", al cual no podemos conocer. De Él emanan, en una complicada sucesión de hipóstasis, infinidad de Dioses menores, de entre los cuales el Creador de la Tierra es el último. Así, la distancia que nos separa del verdadero Dios es casi infinita, y está guardada por celosos arcontes que obstaculizan el paso. Sólo el creyente puede adquirir el conocimiento (la gnosis) necesario para andar este camino.



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