martes, agosto 27, 2013

Erich Kempka - Yo quemé a Hitler, 13 años al servicio del Führer


Erich Kempka, el hombre que durante trece años cargados de historia manejó el volante del coche personal de Hitler, es un testigo realmente excepcional. Es también uno de los contados supervivientes del acto final de la tragedia del III Reich y asistió a la representación del mismo entre las ruinas humeantes de la Nueva Cancillería. Allí presenció, muy de cerca, y casi íntegramente, el fin de Hitler, es decir, un episodio que ya es puro recuerdo histórico y al que, sea cual sea el juicio que en definitiva puedan merecer sus protagonistas, no cabe negar un contenido de dramática grandeza. 

Pero, pese a su tema, el libro de Kempka carece de toda pretensión épica. Es lo que debe ser, de acuerdo con la personalidad de su autor – el libro de un hombre sencillo - que participó en grandes acontecimientos, supo observarlos serenamente y, llegado el caso, estuvo a la altura de los mismos en actitud tan sobria como viril.

En las págnas del libro de Kempka late una de las más altas virtudes humanas: la lealtad. No intenta enjuiciar los actos del que fue su jefe y amigo ni toma posición ante lo que no ha visto. Rinde tributo al hombre, pero se abstiene de juzgar la figura histórica, pues, con una modestia que más de uno podría aprender de él, sabe que no es él el más indicado para hacerlo. Sabe, y si no lo sabe lo intuye, que los juicios de este calibre corresponden a la Historia; y ésta no los establece hasta que ha crecido la hierba sobre todos los actores y, después, procede haciendo sentar en el mismo banquillo a los «malos» y a los «buenos», a los vencidos y a los vencedores de la circunstancia enjuiciada.

En todo caso, el libro de Kempka cumple un deber para con la posteridad relatando los hechos tal cual los vió. Su relato contribuye también a poner fin a la leyenda infundada de un Hitler fugitivo y errante.


De todos modos, poco importa que se siga fantaseando. Lo cierto es que Erich Kempka es el único hombre hoy accesible que, refiriéndose a aquellos días trágicos de 1945, tiene derecho a decir: «Yo estuve allí y esto he visto».




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