lunes, febrero 11, 2013

Al Lado de los Alemanes - Leon Degrelle


Los últimos meses de 1940 y los primeros de 1941 no fueron gratos para nadie en Europa, y en Bélgica menos todavía. De los holandeses, nadie hablaba. Sin duda iban a ser incluidos en el complejo geográfico gran-alemán. El Gran Ducado de Luxemburgo, con toda evidencia, también. En cuanto a los franceses, ya estaban, bajo la mirada maliciosa de los ocupantes, devorándose entre ellos con una febrilidad que hubiera sido mucho más eficaz en 1940, tras un cañón antitanque. Un mes después de haber establecido las bases de colaboración con Hitler, el mariscal Petain había lanzado por la borda a su primer ministro, Pierre Laval, al que los alemanes no tenían simpatía, hombre de uñas sucias, dientes amarillentos y pelo de cuervo, cosas todas ellas que molestaban a Hitler, pero que al embajador Abetz, muy en alza por entonces en Berchtesgaden, gustaba por su habilidad, su campechanía, y su sentido muy auvernés del chalaneo y de la facultad de adaptación. Laval, sarcástico, mordisqueando sus cigarrillos bajo sus bigotes quemados, respondía al juego con su juego y trataba al mariscal como un viejo uniforme de soldado licenciado. En definitiva, se estaba en pleno desbarajuste. Y así se seguiría hasta el último día. lo mismo en Francia que fuera de Francia, en el castillo alemán de Sigmaringen, en el que los "colaboracionistas" franceses se refugiarían, en las sombras de los oscuros corredores de falso empaque feudal, poblados de armaduras enormes y siniestras. Y quedábamos nosotros, los belgas, el caso más complicado.

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